martes, 14 de diciembre de 2010

«NUNCA HABÍA ORADO CON TANTA INTENSIDAD»

por el Hermano Pablo



Lo que más deseaba Margot Strecher era un buen baño caliente en el confort de su hogar, y después una cama tibia y acogedora como premio a un intenso día de trabajo. Ese era el sueño de cada día de Margot, camarera de Hartberg, Austria. Mientras regresaba del trabajo, soñando con el baño caliente y la cama tibia, se salió del camino al cruzar un puente y cayó con el auto a un río congelado.
Golpeada y con fracturas, y sumergida hasta los hombros en el agua fría, Margot clamó con todas sus fuerzas: «¡Dios mío, ayúdame!» Y en medio de la noche, empapada de agua helada y con copos de nieve cayendo lentamente, una anciana oyó su clamor. Cuando Margot se halló en el hospital, les dijo a los médicos: «Nunca había orado con tanta intensidad como esta noche.»
Los sueños más lindos y los proyectos más atractivos suelen derrumbarse en un momento. El baño caliente y la cama tibia de Margot, camarera nocturna, se cambió de pronto en baño helado y en la perspectiva de morir ahogada dentro de su propio auto que se hundía inexorablemente.
Pero clamó a Dios. Clamó a Dios como nunca lo había hecho, y su situación cambió. Porque el fracaso de un proyecto, la destrucción de un ideal, el derrumbe de una ilusión, si bien producen profundo desconcierto, no son una desgracia irreparable. La desgracia no la produce la pérdida del ideal. La desgracia la produce la pérdida de fe, esa fe que necesitamos para continuar en la vida con todo y sus dolores.
A los cuarenta y cinco años de edad un hombre descubrió que su esposa lo había estado engañando. Sufrió enormemente hasta querer morirse. A fin de olvidarlo todo, se fue a vivir errante en los bosques, comiendo sólo frutas silvestres. Resultó que la vida al aire libre lo transformó, física, emocional y espiritualmente. Volvió a la ciudad, y ya a los cincuenta años había reconstruido su vida con un nuevo amor. Hombres que han visto arruinarse su negocio se han recuperado aun a los cincuenta y sesenta años de edad.
Cuando aun contra toda razón mantenemos la fuerza, no perdemos de vista a Dios y ponemos la esperanza en Él, miramos con ojos expectantes esta vida, que es tan fluctuante y problemática, y en cualquier momento ocurre el cambio positivo que renueva nuestra esperanza y restaura nuestra fe.
Siempre podemos clamar a Aquel que es misericordioso, poderoso e inmutable. En Él hallamos la paz que necesitamos, y Él nunca nos falla. En un mundo siempre cambiante, necesitamos la ayuda de Uno que nunca cambia.

jueves, 28 de octubre de 2010

UN CURIOSO FUNERAL

por el Hermano Pablo



Desde que la tuvo en sus brazos por primera vez, la amó con toda la fuerza de su corazón. Le hizo las más delicadas ropitas. Le hizo también, con sus propias manos, una cunita preciosa, y le dio un nombre. La llamó Missy, un nombre inventado por ella misma.
Así la tuvo con ella durante cincuenta años. Cuando Missy llegó al fin de su existencia, casi destrozada por un perro, Lola Schaeffer, que la había amado tanto, le hizo un funeral que costó mil cuatrocientos dólares. Pero Missy no era una persona. No era ni siquiera un perro o un gato. Era una muñeca que Lola había recibido de regalo en la Navidad de 1941.
Casos como éste nos llevan a varias reflexiones. La primera es que todo amor desinteresado tiene algo de bueno y de noble. El amor de Lola Schaeffer por su muñeca fue uno de éstos. Como el amor es la esencia de la vida, todo amor puro es bueno.
La segunda reflexión es que parece un derroche inútil de dinero hacer un funeral tan caro sólo para una muñeca. Podrá decirse que el dinero era de Lola y que, por lo tanto, ella podía hacer lo que quisiera con él. No obstante, parece exagerado gastar mil cuatrocientos dólares sólo para enterrar una muñeca vieja.
Pero hay también una tercera reflexión. Muchas veces adoramos ídolos sin saberlo. Esta mujer hizo de su muñeca un ídolo, y la puso en el altar de su corazón. Vivió para ella y pendiente de ella toda su vida. Su muñeca valía para ella más que Dios, y era, por lo tanto, su dios.
Uno de los mandamientos del decálogo de Moisés dice: «No te hagas ningún ídolo, ni nada que guarde semejanza con lo que hay arriba en el cielo, ni con lo que hay abajo en la tierra, ni con lo que hay en las aguas debajo de la tierra. No te inclines delante de ellos ni los adores. Yo, el Señor tu Dios, soy un Dios celoso» (Éxodo 20:4‑5).
Hacer de cualquier objeto material, tenga la forma que tenga, la pasión de la vida, es desvirtuar el gran mandamiento de Dios. La Biblia enseña que sólo Dios, creador del cielo y de la tierra, merece toda lealtad, alabanza y adoración. Cualquier objeto, ya sea de piedra, de metal o de carne y sangre, si nos arranca más interés y tiempo e inversión de lo que le damos a Dios, es un ídolo. Coronemos solamente a Jesucristo como el Dios de nuestro corazón. Sólo Él puede corresponder con amor, compasión y paz.

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martes, 5 de octubre de 2010

«UNA CAMPANA... TOCABA A MUERTO»

por Carlos Rey



«Tuvo varias oportunidades para escaparse, y no lo hizo.
»... Acusado, entre otros delitos comunes, [del homicidio] de Fidel Murillo... la ejecución de la sentencia de muerte contra Victoriano Lorenzo sería cumplida el día 15 de mayo de 1903, a las cinco de la tarde, en la Plaza de Armas de Chiriquí en el Casco Viejo de [la] Ciudad, junto a las Bóvedas.
»Al aproximarse la hora, hombres y mujeres —sobre todo de los sectores más humildes del pueblo— empezaron a congregarse alrededor de la plaza. Se oyeron cinco campanadas de la torre de la iglesia Catedral, no distante de allí. La multitud, silenciosa y atemorizada, [que] parecía como si estuviera a la espera de un milagro, emitió un ligero murmullo al escuchar el redoble de un tambor y luego el compás de una marcha.
»Poco después apareció una escolta de soldados, y en medio de ellos un hombre sereno....
»Al salir a la entrada del cuartel, la escolta se abrió en alas, y él... se dirigió con pasos firmes al patíbulo.
»... Victoriano se quitó el sombrero alón... y tomó posesión del único asiento.
»Un pregonero extendió frente a sí un papel y leyó:
»“Victoriano Lorenzo, natural de Penonomé, y vecino de esta ciudad de Panamá, va a ser ajusticiado por varios crímenes cometidos....
»”Se le concede oportunidad al reo para que diga sus últimas palabras.”
»En medio de un silencio apabullante, la multitud consternada y los policías atemorizados vieron levantarse de la silla a un hombre de expresión triste, pero radiante, quien con penetrante voz... dijo:
«“Señores: Oíd una palabra, una palabra pública; ya sabéis de quién es la palabra. Victoriano Lorenzo muere... A todos los perdono. Yo muero como murió Jesucristo.”
»Dicho esto, volvió a sentarse. Intentaron colocarle una venda negra sobre los ojos, pero él la rechazó. Quería ver la muerte frente a frente —dijo.
»Los doce soldados que componían la escolta avanzaron hasta ponerse frente a él, a cinco pasos.... A lo lejos, el doblar de una campana... tocaba a muerto.
»El jefe de la escolta dio la señal con un pañuelo blanco. Las armas fueron tendidas y, a la orden de fuego, sonó la descarga. En medio del humo se vio a un hombre que se estremecía e inclinaba la cabeza sobre el pecho.
»Y en medio de una cerrada escolta, en una sucia carreta del presidio, fue transportado el cuerpo del General Lorenzo, con destino desconocido.»1
Así narra el premiado cuentista panameño Juan Antonio Gómez, en su obra de cuentos históricos titulada Del tiempo y la memoria, los últimos momentos de la vida del popular General Victoriano Lorenzo. ¡Qué triste que se desconozca el destino del cuerpo de una persona, tal como el de aquel general revolucionario! Gracias a Dios, no hay razón alguna por la que tenga que desconocerse el destino de nuestra alma. Porque Jesucristo, el Hijo de Dios, quien nos dio ejemplo a todos al perdonar a sus verdugos antes de morir,2 dijo que iba a prepararnos una vivienda en el hogar de su Padre, y que va a volver, y quiere llevarnos consigo para que podamos estar con Él allá en el cielo.3 Pero conste que somos nosotros quienes determinamos si ha de ser así, al tomar la decisión de hacernos verdaderos discípulos suyos.


1Juan Antonio Gómez P., Del tiempo y la memoria (Cuentos históricos) (Panamá: Editorial Portobelo, 2005), pp. 63,89,91‑93.
2Lc 23:34
3Jn 14:1-3


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jueves, 19 de agosto de 2010

EL DIABLO DE LOS MUSULMANES

por el Hermano Pablo

Era una de las celebraciones grandes en la Meca musulmana. Se trataba de una de las fiestas tradicionales de la religión islámica. Realizaban, con miles de peregrinos, el ritual de apedrear al diablo.

La costumbre se llevaba a cabo en cuevas donde, según la tradición, residía el maligno. La multitud iba de cueva en cueva con piedras en las manos y las arrojaban —decían ellos— contra el diablo. Sólo que en esta ocasión se produjo una estampida de tales proporciones que cundió el pánico en la multitud.

Cuando todo hubo pasado, además de haber muchos heridos, hubo 829 muertos. Algunos de ellos fueron pisoteados, otros golpeados y otros apedreados.

Muchos le tienen terror al diablo; otros se burlan de él. Otros procuran exorcizarlo con ritos y ceremonias, mientras que otros niegan su existencia. Para los musulmanes la costumbre es tirarle piedras una vez al año, y muchas veces hay pánico colectivo que deja como saldo a muchos muertos y heridos.

¿De veras existe el diablo? La Biblia dice que sí, y que es el enemigo más grande del hombre. La Biblia lo llama destructor, acusador, príncipe de este mundo, y padre de la mentira. No sólo existe, sino que encarna todas las fuerzas malignas que se oponen a Dios y a su Hijo Jesucristo.

Sin embargo, las armas que se toman contra Satanás no son ni piedras ni ninguna cosa inanimada. El diablo es una persona, y la única manera de neutralizar su influencia es tener a Jesucristo en el corazón.

El apóstol Juan, en su primera carta a la iglesia universal, declara: «El que está en ustedes es más poderoso que el que está en el mundo» (1 Juan 4:4). Es decir, Cristo, que habita en el corazón de todo el que le da entrada, tiene más poder que Satanás, que habita en este mundo.

Si hemos llevado una vida de luchas continuas, de problemas interminables, de aflicciones, contiendas, hostilidades y altercados constantes, es posible que hayamos provocado todo ese malestar nosotros mismos, pero también es posible que Satanás haya estado procurando quitarnos toda noción de tranquilidad, paz y armonía.

La única fuerza en el universo que puede contrarrestar la fuerza del diablo es Cristo, que venció a Satanás mediante su muerte en la cruz. Por eso el que acepta a Cristo como su Señor y Redentor ya no tiene que temer al diablo, porque éste no tiene ningún dominio sobre él.

Coronemos a Cristo como Rey de nuestra vida. Rindámonos a Él. Sometámonos a su señorío. Él apedreó al diablo de una vez por todas al morir en la cruz por nosotros.

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viernes, 16 de julio de 2010

DOS MANOS DERECHAS

por Carlos Rey




Renee Katz y Tomás Kowalig tenían algo en común. A los dos les faltaba la mano derecha. Llegaron a conocerse en el Centro Médico de la Universidad de Nueva York. Los dos habían sufrido, en el mismo día, accidentes parecidos. Y los dos habían perdido, completamente seccionada, la mano derecha.
A los dos los sometieron al mismo tratamiento intensivo. El mismo equipo de cirujanos procuró reimplantarles la mano en su lugar, operándolos casi al mismo tiempo. Y los dos entraron en convalecencia con el mismo resultado óptimo.
Cuando los médicos estuvieron completamente seguros de que Renne y Tomás no habrían de perder las manos, celebraron el triunfo con una fiesta. Y ambos pacientes se dieron el lujo de estrecharse cálidamente las manos —las manos derechas— que un día perdieron en sendos accidentes y que ahora recuperaban para su uso normal.
He aquí un caso singular. Aquellas dos manos que se unían en cálido apretón tenían una historia que contar. Era una historia de accidente y de tragedia, una historia de dolor y de angustia, una historia de sanidad y de restauración.
Lo mismo ocurre con los corazones humanos heridos y llagados por el pecado. Cuando vienen a Jesucristo, Él los sana, los regenera y los retorna a la vida y a la normalidad. Entonces esos corazones buscan otros corazones para unirse en un estrecho abrazo que es como una canción de alabanza que se canta a dúo.
¿Nos gustaría tener un corazón sanado y purificado? ¿Nos gustaría poder encontrar otro corazón —de otro hombre, de otra mujer— que, como el nuestro, estuvo una vez cercenado por obra del diablo, pero que Cristo tocó, sanó y restauró?
Basta con que clamemos a Cristo, pidiéndole que nos sane y que nos salve. Admitámosle lo mucho que lo necesitamos. Expongámosle nuestro corazón, tal y como Renne y Tomás expusieron el muñón de sus brazos a los cirujanos que habrían de curarlos. Cristo, el Médico divino, sanará, curará y cicatrizará cualquier herida que tengamos.
Una vez que lo hayamos hecho, podremos buscar a otros a quienes Cristo ha sanado, otros que también sufrieron por un tiempo la atroz llaga del pecado pero que ahora se encuentran sanos, restaurados y llenos de gozo. Y al reunirnos y comunicarnos con ellos, podremos cantar la misma alabanza que entonan ellos. Es la alabanza que cantan, en el mundo entero, los redimidos por la sangre de Jesucristo. Pero conste que no han de cantarla sólo en este mundo, en el siglo veintiuno, sino también en el mundo venidero, ¡por los siglos de los siglos!





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domingo, 13 de junio de 2010

«EJEMPLO DE FIDELIDAD»

por el Hermano Pablo

Durante cinco años y medio estuvo haciendo lo mismo. Cada vez que llegaba el tren a la estación, iba a esperar a los pasajeros. No necesitaba leer los horarios. No le importaba ni el calor tórrido del verano ni el frío gélido del invierno. Cuatro veces al día, con cada tren que llegaba, ya fuera del norte o del sur, iba y esperaba pacientemente en el andén. Era un perro, un perro pastor alemán.

Tiempo atrás se habían llevado, en tren, el cadáver de su amo, y desde entonces Shep, que era el nombre del perro, había ido a esperarlo a la estación a ver si volvía. Viejo ya, un día calculó mal sus pasos y lo arrolló un tren. Esto ocurrió en un pequeño pueblo de Canadá en 1942. Muchos años después, el pueblo aún celebraba al perro pastor alemán, Shep. Lo llamaban «ejemplo de fidelidad.»

La fidelidad no sólo es una gran virtud, sino que es además indispensable para el desenvolvimiento correcto de la vida diaria.
Supongamos que el reloj despertador no nos es fiel, y en vez de llamarnos a las seis de la mañana nos deja dormir hasta las nueve, y perdemos un importante negocio. ¿Qué si la pastilla de aspirina, el gran remedio universal, no nos es fiel, y en vez de quitarnos el dolor de cabeza nos provoca fuerte hemorragia gástrica? ¿O qué si nuestro banquero no nos es fiel, y de repente desaparece con todo el dinero que tenemos en el banco?

Desgracias indecibles ocurren cuando hay falta de fidelidad. Un ejemplo clásico se da cuando el marido le es infiel a la esposa, o cuando la esposa le es infiel al marido. Todo el hogar se hunde en la desgracia. Los dolores más grandes del corazón los provoca la infidelidad conyugal. Lo cierto es que la sociedad entera depende de que haya fidelidad en todo.

¿Y qué de lo espiritual? ¿Qué sería de este mundo si el hombre no le fuera fiel a su Dios? La respuesta es muy evidente. La desgracia de familias destruidas, de esposos y esposas infieles, de hijos abandonados y de vidas deshechas es prueba suficiente de lo que es este mundo cuando el hombre no le es fiel a su Dios.

Sin embargo, la Biblia nos dice acerca de Dios que «si somos infieles, él sigue siendo fiel, ya que no puede negarse a sí mismo» (2 Timoteo 2:13). Cristo es fiel aun cuando nosotros no lo somos. En Él podemos encontrar un seguro y fiel Salvador, Uno que no falla, que no engaña, que no desilusiona y que no fracasa. Él es el Salvador que todos necesitamos en estos tiempos de cruda infidelidad.

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lunes, 24 de mayo de 2010

¿LA MANO DE DIOS O LA DEL HOMBRE, BENDICIÓN O TRAMPA ?

por Carlos Rey

Se crió en la pobreza, pero eso no impidió que comenzara a jugar fútbol a los nueve años en un equipo infantil. Cumplidos apenas diez años, el diario Clarín ya lo había descubierto, describiéndolo como «un pibe con porte y clase de crack». No había cumplido siquiera los dieciséis cuando debutó en la Primera División del Fútbol Argentino, con el equipo Argentinos Juniors, vistiendo la camiseta número 16. Sobre lo que sintió esa tarde, diría posteriormente: «Ese día toqué el cielo con las manos.»1

A los dieciséis años, Diego Armando Maradona ya había sido convocado por la selección argentina. No fue convocado para jugar el Mundial Argentina 1978, pero el año siguiente, después de ganar el Mundial Juvenil de Japón, fue elegido como el Mejor Jugador Suramericano del año.

En el mundial de fútbol México 1986, Maradona no sólo figuró sino que sobresalió como capitán de su conjunto albiceleste, que se coronó campeón. Los cinco goles que marcó, fruto de su genial manejo de la pelota, lo consagraron como el Mejor Jugador del Torneo. Dos de sus goles más famosos se los anotó a Inglaterra en el legendario Estadio Azteca en los cuartos de final. El primero de ellos pasó a la historia como «la mano de Dios», debido a que Maradona mismo lo atribuyó a la intervención divina. Las repeticiones en video demostraron lo que el árbrito evidentemente no había podido ver: que el gol había sido obra de la mano de Maradona y no de la de Dios.

El segundo gol lo marcó el astro argentino sólo tres minutos después de que se le acreditara el primero. Tomó el balón cerca del centro del campo, giró como un trompo y, en un fabuloso recorrido del campo contrario, comenzó a burlar a defensas ingleses a diestra y a siniestra, a cinco en total, hasta que llegó al arquero, al que engañó en última instancia. ¡Con razón en el año 2002 los fanáticos del fútbol alrededor del mundo lo eligieron Gol del Siglo, el más brillante en la historia de los Mundiales!

Lo curioso del caso es que el primero de esos dos goles tiene tanta fama como el segundo, sólo que la fama del primero no es buena sino mala. «A todos los argentinos quiero darles una primicia —dijo Maradona diecinueve años después del incidente de aquel primer gol—: yo quise hacer el gol con la mano a los ingleses.... Todos sabemos que había un recuerdo muy fresco.» Con eso se refería a la guerra de las Malvinas que Argentina había perdido contra Inglaterra cuatro años antes de ese Campeonato Mundial. De ahí que Maradona terminara por calificar a la mal llamada «mano de Dios» como una «picardía», como «algo que salió de adentro».2

¿A qué viene todo esto? A que más vale tarde que nunca que reconozcamos nuestras faltas en el campo de juego de la vida, pero que más vale aún que, antes de cada partido, le pidamos a Dios que nos quite el deseo de cometerlas. Pues lo único que conseguimos con desquitarnos de nuestros enemigos es una mal ganada victoria pasajera que, a la hora de la verdad, realmente no satisface, y que impedirá que algún día lleguemos a tocar el cielo con las manos... o con los pies.
1 Wikipedia, s.v. «Diego Armando Maradona» En línea 12 enero 2006.
2 «Narra Maradona la “Mano de Dios”», EsMas: Televisa Deportes (Fuente: Agencia AP) En línea 12 enero 2006.

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viernes, 21 de mayo de 2010

«PARA HACERLE UN FAVOR»

por el Hermano Pablo

Las discusiones eran continuas. Cada vez que se veían, tras unos momentos de charla cariñosa, comenzaban las desavenencias. Se amaban, pero al tocar cierto punto, ahí comenzaba la tormenta.

Un día, el joven, Ricardo Lallis, de veintiséis años de edad, no aguantó más, y en un rapto de locura mató a su novia Andrea Young. Cuando a los tres días fue detenido, Ricardo les dijo a los detectives: «La maté para hacerle un favor. La amaba, pero era la única manera de librarla del infierno de la cocaína.»

Ricardo les relató a los detectives que durante muchos meses había estado tratando de convencerla, con toda clase de argumentos, de que dejara el vicio. La joven le hacía promesas de enmienda y, por momentos, parecía estar libre, pero luego volvía a caer.

Para Ricardo cada caída era un nuevo golpe, una nueva desilusión, un nuevo dolor. Fue así como un día se le metió en la cabeza esa idea atroz de eliminarla de su adicción. Se convenció de que la muerte era la única solución para Andrea. Lo demás es historia. Pero, ¿solucionó algo Ricardo con quitarle la vida a su novia? Al contrario. La perdió a ella, y perdió su propia libertad.

Matar a una persona no es nunca la solución. Es la derrota más grande de la vida. Es cortar por la mitad una vida que, de esperar con paciencia, pudiera haber sido brillante y victoriosa. Aparte del daño irreparable que causa la muerte prematura, está el daño y el dolor que se les causa a los que están cerca, ya sean parientes o amigos íntimos.

Y hay otro factor. Toda persona, al partir de esta vida, se enfrenta al instante con Dios, el Juez Supremo. Y el que parte a la eternidad sin Cristo no está aún preparado para ese encuentro eterno.

La buena noticia es que hay una solución para el problema de la drogadicción así como para todo problema de esta vida. Esa solución es Cristo. Él tiene el poder para librar a cualquier persona de cualquier vicio, y no sólo de cualquier vicio sino de sus depresiones, sus congojas, sus tristezas y sus fracasos.

Es posible librarnos de toda especie de mal, porque hay poder en Jesucristo. Si nos sometemos al Todopoderoso Salvador, esa entrega nos librará de las garras del diablo. Ninguno de nosotros tiene que ser esclavo del pecado. Cristo ya compró nuestra salvación. Aceptémosla hoy mismo.

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viernes, 2 de abril de 2010

¿ QUIÉN MATÓ A CRISTO?

¿QUIÉN MATÓ A CRISTO?
por Carlos Rey

—¿Quién mató al yigüirro?
—Yo, yo lo maté
con mi arco y mi flecha
—dijo el soterré.

—¿Quién en su agonía
lo miró sufrir?
—Yo —dijo la mosca—,
yo lo vi morir.

—¿Quién cogió su sangre
color de rubí?
—Yo —dijo el pescado—,
yo la recogí.

—¿Quién cosió su herida?
—El águila fue,
con su hilo y su aguja,
su pico y su pie.

—¿Quién abrió la tumba,
allá en el panteón?
—La niña lechuza
con su azadón.

—¿Quién cantó la misa
en el funeral?
—Padre zopilote,
que canta tan mal.

—¿Y sin la mortaja,
qué iremos a hacer?
—Los pollos ligeros
la irán a traer.

—¿Quién al campanario
subirá a doblar?
—El toro, que sabe
muy bien repicar.

—¿Quién en el entierro
guiándonos irá?
—La golondrinita
se ha ofrecido ya.

—La triste noticia,
¿quién irá a llevar?
—Yo —dijo la viuda,
rompiendo a llorar.

—¿Quién de sus virtudes
el discurso hará?
—La elocuente lora
de él se encargará.

—¿Quién con triste llanto
lo irá a despedir?
—El ganso, que es hombre
de mucho sentir.1

Estos encantadores versos que aprendieron alguna vez los niños en las escuelas primarias de Costa Rica inspiraron la siguiente poesía basada en la historia sagrada:

—¿Quién mató a Cristo?
—Yo lo crucifiqué,
yo y los jefes judíos
—dijo el sumo sacerdote.2

—¿Quién lo entregó, de los doce,
con un beso en la mejilla?
—Yo —dijo Judas Iscariote—,
por treinta monedas de plata.3

—¿Quién se lavó las manos
en señal de inocencia?
—Yo —dijo Pilato,
con la conciencia remordida.4

—¿Quién negó al Maestro,
que lo miró de frente?
—Yo —dijo Pedro,
llorando amargamente.5

—¿Quién le llevó el madero
a la cima del Calvario?
—Yo, Simón el cireneo,
para aliviar su tormento.6
—¿Quién de los de cerca
lo miró sufrir?
—Yo —dijo Juan, a quien amaba—,
yo lo vi morir.7

—¿Quién al lado suyo
le imploró clemencia?
—El ladrón arrepentido,
humillado en su presencia.8

—¿Quién dijo aterrado:
«¡Éste era el Hijo de Dios!»?
—El centurión romano,
cuando la tierra tembló.9

—¿Quién limpió su sangre
de color carmesí?
—Yo —dijo la madre—,
yo la recogí.10

—¿Quién ungió su cuerpo
para la sepultura?
—Yo —dijo Nicodemo—,
con áloe y con mirra.11

—¿Quién le dio una tumba
de su propiedad?
—José de Arimatea,
quien selló la entrada.12

—¿Quién llevó las nuevas
de su resurrección?
—María Magdalena.
¡Había visto al Señor!13

—¿Quién lo vio ascender
en las nubes hacia el cielo?
—Cada apóstol de los once,
a quienes comisionó.14

—¿Quién mató a Cristo?
—Yo, yo lo maté
con mi culpa y mi pecado.15
—¡Señor, perdóname!
1 Autor desconocido, citado de Mi hogar y mi pueblo, libro de texto usado en la escuela primaria en Costa Rica, por José A. Soto, «Traducción de la Biblia para niños», La Biblia en las Américas, No. 1 de 1999, Vol. 54 #239, pp. 14‑17.
2 Mt 26:57‑66; Mr 15:1
3 Mt 26:14‑16,21‑25,47‑50; 27:3‑5
4 Mt 27:11‑26
5 Mt 26:69‑75
6 Mr 15:22‑24
7 Jn 19:25‑30
8 Lc 23:33‑43; Mt 27:38,44
9 Mt 27:54
10 Jn 19:25‑30
11 Jn 19:38‑42
12 Mt 27:57‑60
13 Jn 20:1‑18
14 Hch 1:1‑13
15 Hch 2:14‑41; Is 53:3‑5; 1P 2:24

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martes, 30 de marzo de 2010

EL FUEGO DE LOS QUICHÉS

EL FUEGO DE LOS QUICHÉS
por Carlos Rey

Estaban muertos de frío, así que se presentaron ante los dioses para suplicarles que les dieran fuego. Los dioses les dieron el fuego anhelado después de exigir que les rindieran culto, pero luego les hicieron una mala jugada: hicieron caso omiso de sus danzas de alegría y sus cánticos de gratitud, y al rato cayó un aguacero con granizo, de modo que se volvieron a extinguir las hogueras de los pobres indios.

Cuando ya de tanto temblar y de tiritar no podían soportar más el frío ni la helada, volvieron a rogarles a los dioses que se apiadaran de ellos y les dieran siquiera un poco de fuego. Pero esta vez los dioses les exigieron sacrificios humanos, es decir, que a las víctimas les abrieran el pecho con un puñal y les ofrendaran el corazón. Sólo así llegarían a merecer el ansiado fuego.

Dicen que los quichés accedieron y sacrificaron a sus prisioneros y, mediante la sangre de éstos, se salvaron del frío espantoso. En cambio, los cakchiqueles no sucumbieron ante la exigencia de los dioses. A estos primos de los quichés, que eran también herederos de los mayas, les pareció un precio demasiado alto que pagar. Los valerosos cakchiqueles se acercaron en completo silencio a la hoguera de los quichés, pasaron imperceptiblemente por el humo y se robaron el fuego, y luego fueron y lo escondieron en las cuevas de sus montañas.1

Esas impresionantes escenas del Popol Vuh, es decir, de las antiguas historias del Quiché, forman parte de lo que se ha considerado el mayor testimonio ancestral de los guatemaltecos. En ellas sentimos no sólo el frío que a aquellos indígenas les calaba hasta los huesos, sino también el que les invadía el corazón, órgano vital que sus dioses les exigían a cambio de un poco de fuego. ¿Sería que sus dioses carecían de corazón ellos mismos, y que procuraban saciarse de corazones humanos para suplir esa falta?

Lo cierto es que lo que más les hacía falta a los quichés no era fuego sino conocer al único Dios verdadero. De haberlo conocido, hubieran sabido que Él ya había procedido de un modo diametralmente opuesto a esos dioses falsos. A diferencia de éstos, el Dios de la Biblia nos amó tanto que, en lugar de exigir sacrificios humanos de parte nuestra, Él mismo se sacrificó en nuestro lugar.2 Cuando nos estábamos muriendo de frío espiritual por falta del calor de su presencia, Dios estableció un requisito para que pudiéramos recibir el perdón de pecados que nos separaban de Él. Pero no exigió el derramamiento de sangre nuestra mediante la entrega de nuestro corazón físico a Él, sino el derramamiento de la sangre de su Hijo,3 que se hizo hombre y nos entregó su corazón al morir por nosotros.4

Así que Dios no espera que hagamos nada para merecer el fuego de su presencia en nuestra vida. No es posible, porque Él ya lo hizo todo.5 Pero sí espera que nos apropiemos de ese fuego entregándole nuestro corazón, no de modo físico sino espiritual, y no por obligación sino de buena voluntad, pues es allí donde Él quiere que arda su presencia.6
1 Popol Vuh: las antiguas historias del Quiché, versión de Adrián Recinos (Guatemala: Editorial Piedra Santa, 1990), pp. 95‑100; y Eduardo Galeano, Memoria del fuego I: Los nacimientos, 18a ed. (Madrid: Siglo XXI Editores, 1991), p. 13.
2 Ro 3:25; 8:3; Ef 5:1; Heb 7:27; 9:26‑28; 1Jn 2:1; 4:10
3 Heb 9:11‑22
4 Jn 1:14
5 Ef 2:8‑9
6 Pr 23:26

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viernes, 26 de marzo de 2010

EL PERRO DE LOS ALPES

EL PERRO DE LOS ALPES
por Carlos Rey

Ocurrió en las nevadas cumbres de los Alpes. Un esquiador, tras una aparatosa caída, había quedado inconsciente en una hondonada llena de nieve. Su muerte era inminente, ya que estaba congelándose poco a poco. En ese estado lo encontró un gran perro San Bernardo, uno de esos animales adiestrados para rescatar a personas perdidas.

El perro vio el cuerpo inerte y, a fin de que le diera el sol, escarbó la nieve hasta descubrir por completo al hombre. Luego se echó a su lado, haciendo que el calor de su cuerpo fuera descongelando a la víctima. Así pasaron un par de horas. Cuando volvió en sí, el hombre abrió los ojos y procuró formarse un juicio sobre la gravedad de su condición. Creyendo que el perro que tenía a su lado era un lobo, sacó el cuchillo y lo hundió en el costado del noble animal.

Con gran esfuerzo, el perro se levantó y echó a andar hacia su refugio. Cuando llegó al albergue donde estaban sus dueños, a duras penas rasguñó la puerta con las patas antes de morir tendido en la nieve. Al hombre, que lo había matado por ignorancia, lo rescataron de una muerte segura. El fiel perro murió en el intento de devolverle la salud y la vida a aquel ingrato que no tenía conciencia de lo que pasaba.

Una noche, hace unos dos mil años, se oyó el llanto de un niño recién nacido. Ocurrió en el pueblo de Belén, que se encontraba en la Palestina gobernada por el Imperio Romano de aquella época. Ese niño, Dios hecho hombre, murió en una cruz treinta y tres años más tarde con una mortal herida en el costado. Dio su vida por la de aquellos que —ya fuera por descuidos, por errores, por faltas, por ingratitud o por necedad— estuvieran en peligro de muerte eterna.

Jesucristo, el Hijo de Dios, murió para que nosotros tengamos vida. Esa es la gran verdad del evangelio, la buena noticia de Jesucristo, el gran mensaje divino. Tal parece que toda vida nueva ha de nacer en medio del dolor y de la sangre. Así como aquel hombre que quedó inconsciente en la nieve de los Alpes mató, sin saberlo, al ser que le salvaba la vida, también nosotros, prácticamente muertos en nuestras transgresiones y pecados, somos los responsables de la muerte de Cristo. Él dio su vida para que nosotros recobráramos la salud espiritual y tuviéramos vida abundante y eterna.

¿Cómo podemos pagarle ese gran amor? Simplemente reconociendo, con suma gratitud, el supremo sacrificio que hizo por nosotros, y apropiándonos de la salvación que compró con su sangre, esa sangre que manó de su costado a causa de la herida mortal que nosotros le hicimos.


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