jueves, 28 de octubre de 2010

UN CURIOSO FUNERAL

por el Hermano Pablo



Desde que la tuvo en sus brazos por primera vez, la amó con toda la fuerza de su corazón. Le hizo las más delicadas ropitas. Le hizo también, con sus propias manos, una cunita preciosa, y le dio un nombre. La llamó Missy, un nombre inventado por ella misma.
Así la tuvo con ella durante cincuenta años. Cuando Missy llegó al fin de su existencia, casi destrozada por un perro, Lola Schaeffer, que la había amado tanto, le hizo un funeral que costó mil cuatrocientos dólares. Pero Missy no era una persona. No era ni siquiera un perro o un gato. Era una muñeca que Lola había recibido de regalo en la Navidad de 1941.
Casos como éste nos llevan a varias reflexiones. La primera es que todo amor desinteresado tiene algo de bueno y de noble. El amor de Lola Schaeffer por su muñeca fue uno de éstos. Como el amor es la esencia de la vida, todo amor puro es bueno.
La segunda reflexión es que parece un derroche inútil de dinero hacer un funeral tan caro sólo para una muñeca. Podrá decirse que el dinero era de Lola y que, por lo tanto, ella podía hacer lo que quisiera con él. No obstante, parece exagerado gastar mil cuatrocientos dólares sólo para enterrar una muñeca vieja.
Pero hay también una tercera reflexión. Muchas veces adoramos ídolos sin saberlo. Esta mujer hizo de su muñeca un ídolo, y la puso en el altar de su corazón. Vivió para ella y pendiente de ella toda su vida. Su muñeca valía para ella más que Dios, y era, por lo tanto, su dios.
Uno de los mandamientos del decálogo de Moisés dice: «No te hagas ningún ídolo, ni nada que guarde semejanza con lo que hay arriba en el cielo, ni con lo que hay abajo en la tierra, ni con lo que hay en las aguas debajo de la tierra. No te inclines delante de ellos ni los adores. Yo, el Señor tu Dios, soy un Dios celoso» (Éxodo 20:4‑5).
Hacer de cualquier objeto material, tenga la forma que tenga, la pasión de la vida, es desvirtuar el gran mandamiento de Dios. La Biblia enseña que sólo Dios, creador del cielo y de la tierra, merece toda lealtad, alabanza y adoración. Cualquier objeto, ya sea de piedra, de metal o de carne y sangre, si nos arranca más interés y tiempo e inversión de lo que le damos a Dios, es un ídolo. Coronemos solamente a Jesucristo como el Dios de nuestro corazón. Sólo Él puede corresponder con amor, compasión y paz.

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martes, 5 de octubre de 2010

«UNA CAMPANA... TOCABA A MUERTO»

por Carlos Rey



«Tuvo varias oportunidades para escaparse, y no lo hizo.
»... Acusado, entre otros delitos comunes, [del homicidio] de Fidel Murillo... la ejecución de la sentencia de muerte contra Victoriano Lorenzo sería cumplida el día 15 de mayo de 1903, a las cinco de la tarde, en la Plaza de Armas de Chiriquí en el Casco Viejo de [la] Ciudad, junto a las Bóvedas.
»Al aproximarse la hora, hombres y mujeres —sobre todo de los sectores más humildes del pueblo— empezaron a congregarse alrededor de la plaza. Se oyeron cinco campanadas de la torre de la iglesia Catedral, no distante de allí. La multitud, silenciosa y atemorizada, [que] parecía como si estuviera a la espera de un milagro, emitió un ligero murmullo al escuchar el redoble de un tambor y luego el compás de una marcha.
»Poco después apareció una escolta de soldados, y en medio de ellos un hombre sereno....
»Al salir a la entrada del cuartel, la escolta se abrió en alas, y él... se dirigió con pasos firmes al patíbulo.
»... Victoriano se quitó el sombrero alón... y tomó posesión del único asiento.
»Un pregonero extendió frente a sí un papel y leyó:
»“Victoriano Lorenzo, natural de Penonomé, y vecino de esta ciudad de Panamá, va a ser ajusticiado por varios crímenes cometidos....
»”Se le concede oportunidad al reo para que diga sus últimas palabras.”
»En medio de un silencio apabullante, la multitud consternada y los policías atemorizados vieron levantarse de la silla a un hombre de expresión triste, pero radiante, quien con penetrante voz... dijo:
«“Señores: Oíd una palabra, una palabra pública; ya sabéis de quién es la palabra. Victoriano Lorenzo muere... A todos los perdono. Yo muero como murió Jesucristo.”
»Dicho esto, volvió a sentarse. Intentaron colocarle una venda negra sobre los ojos, pero él la rechazó. Quería ver la muerte frente a frente —dijo.
»Los doce soldados que componían la escolta avanzaron hasta ponerse frente a él, a cinco pasos.... A lo lejos, el doblar de una campana... tocaba a muerto.
»El jefe de la escolta dio la señal con un pañuelo blanco. Las armas fueron tendidas y, a la orden de fuego, sonó la descarga. En medio del humo se vio a un hombre que se estremecía e inclinaba la cabeza sobre el pecho.
»Y en medio de una cerrada escolta, en una sucia carreta del presidio, fue transportado el cuerpo del General Lorenzo, con destino desconocido.»1
Así narra el premiado cuentista panameño Juan Antonio Gómez, en su obra de cuentos históricos titulada Del tiempo y la memoria, los últimos momentos de la vida del popular General Victoriano Lorenzo. ¡Qué triste que se desconozca el destino del cuerpo de una persona, tal como el de aquel general revolucionario! Gracias a Dios, no hay razón alguna por la que tenga que desconocerse el destino de nuestra alma. Porque Jesucristo, el Hijo de Dios, quien nos dio ejemplo a todos al perdonar a sus verdugos antes de morir,2 dijo que iba a prepararnos una vivienda en el hogar de su Padre, y que va a volver, y quiere llevarnos consigo para que podamos estar con Él allá en el cielo.3 Pero conste que somos nosotros quienes determinamos si ha de ser así, al tomar la decisión de hacernos verdaderos discípulos suyos.


1Juan Antonio Gómez P., Del tiempo y la memoria (Cuentos históricos) (Panamá: Editorial Portobelo, 2005), pp. 63,89,91‑93.
2Lc 23:34
3Jn 14:1-3


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