EL FUEGO DE LOS QUICHÉS
por Carlos Rey
Estaban muertos de frío, así que se presentaron ante los dioses para suplicarles que les dieran fuego. Los dioses les dieron el fuego anhelado después de exigir que les rindieran culto, pero luego les hicieron una mala jugada: hicieron caso omiso de sus danzas de alegría y sus cánticos de gratitud, y al rato cayó un aguacero con granizo, de modo que se volvieron a extinguir las hogueras de los pobres indios.
Cuando ya de tanto temblar y de tiritar no podían soportar más el frío ni la helada, volvieron a rogarles a los dioses que se apiadaran de ellos y les dieran siquiera un poco de fuego. Pero esta vez los dioses les exigieron sacrificios humanos, es decir, que a las víctimas les abrieran el pecho con un puñal y les ofrendaran el corazón. Sólo así llegarían a merecer el ansiado fuego.
Dicen que los quichés accedieron y sacrificaron a sus prisioneros y, mediante la sangre de éstos, se salvaron del frío espantoso. En cambio, los cakchiqueles no sucumbieron ante la exigencia de los dioses. A estos primos de los quichés, que eran también herederos de los mayas, les pareció un precio demasiado alto que pagar. Los valerosos cakchiqueles se acercaron en completo silencio a la hoguera de los quichés, pasaron imperceptiblemente por el humo y se robaron el fuego, y luego fueron y lo escondieron en las cuevas de sus montañas.1
Esas impresionantes escenas del Popol Vuh, es decir, de las antiguas historias del Quiché, forman parte de lo que se ha considerado el mayor testimonio ancestral de los guatemaltecos. En ellas sentimos no sólo el frío que a aquellos indígenas les calaba hasta los huesos, sino también el que les invadía el corazón, órgano vital que sus dioses les exigían a cambio de un poco de fuego. ¿Sería que sus dioses carecían de corazón ellos mismos, y que procuraban saciarse de corazones humanos para suplir esa falta?
Lo cierto es que lo que más les hacía falta a los quichés no era fuego sino conocer al único Dios verdadero. De haberlo conocido, hubieran sabido que Él ya había procedido de un modo diametralmente opuesto a esos dioses falsos. A diferencia de éstos, el Dios de la Biblia nos amó tanto que, en lugar de exigir sacrificios humanos de parte nuestra, Él mismo se sacrificó en nuestro lugar.2 Cuando nos estábamos muriendo de frío espiritual por falta del calor de su presencia, Dios estableció un requisito para que pudiéramos recibir el perdón de pecados que nos separaban de Él. Pero no exigió el derramamiento de sangre nuestra mediante la entrega de nuestro corazón físico a Él, sino el derramamiento de la sangre de su Hijo,3 que se hizo hombre y nos entregó su corazón al morir por nosotros.4
Así que Dios no espera que hagamos nada para merecer el fuego de su presencia en nuestra vida. No es posible, porque Él ya lo hizo todo.5 Pero sí espera que nos apropiemos de ese fuego entregándole nuestro corazón, no de modo físico sino espiritual, y no por obligación sino de buena voluntad, pues es allí donde Él quiere que arda su presencia.6
1 Popol Vuh: las antiguas historias del Quiché, versión de Adrián Recinos (Guatemala: Editorial Piedra Santa, 1990), pp. 95‑100; y Eduardo Galeano, Memoria del fuego I: Los nacimientos, 18a ed. (Madrid: Siglo XXI Editores, 1991), p. 13.
2 Ro 3:25; 8:3; Ef 5:1; Heb 7:27; 9:26‑28; 1Jn 2:1; 4:10
3 Heb 9:11‑22
4 Jn 1:14
5 Ef 2:8‑9
6 Pr 23:26
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martes, 30 de marzo de 2010
viernes, 26 de marzo de 2010
EL PERRO DE LOS ALPES
EL PERRO DE LOS ALPES
por Carlos Rey
Ocurrió en las nevadas cumbres de los Alpes. Un esquiador, tras una aparatosa caída, había quedado inconsciente en una hondonada llena de nieve. Su muerte era inminente, ya que estaba congelándose poco a poco. En ese estado lo encontró un gran perro San Bernardo, uno de esos animales adiestrados para rescatar a personas perdidas.
El perro vio el cuerpo inerte y, a fin de que le diera el sol, escarbó la nieve hasta descubrir por completo al hombre. Luego se echó a su lado, haciendo que el calor de su cuerpo fuera descongelando a la víctima. Así pasaron un par de horas. Cuando volvió en sí, el hombre abrió los ojos y procuró formarse un juicio sobre la gravedad de su condición. Creyendo que el perro que tenía a su lado era un lobo, sacó el cuchillo y lo hundió en el costado del noble animal.
Con gran esfuerzo, el perro se levantó y echó a andar hacia su refugio. Cuando llegó al albergue donde estaban sus dueños, a duras penas rasguñó la puerta con las patas antes de morir tendido en la nieve. Al hombre, que lo había matado por ignorancia, lo rescataron de una muerte segura. El fiel perro murió en el intento de devolverle la salud y la vida a aquel ingrato que no tenía conciencia de lo que pasaba.
Una noche, hace unos dos mil años, se oyó el llanto de un niño recién nacido. Ocurrió en el pueblo de Belén, que se encontraba en la Palestina gobernada por el Imperio Romano de aquella época. Ese niño, Dios hecho hombre, murió en una cruz treinta y tres años más tarde con una mortal herida en el costado. Dio su vida por la de aquellos que —ya fuera por descuidos, por errores, por faltas, por ingratitud o por necedad— estuvieran en peligro de muerte eterna.
Jesucristo, el Hijo de Dios, murió para que nosotros tengamos vida. Esa es la gran verdad del evangelio, la buena noticia de Jesucristo, el gran mensaje divino. Tal parece que toda vida nueva ha de nacer en medio del dolor y de la sangre. Así como aquel hombre que quedó inconsciente en la nieve de los Alpes mató, sin saberlo, al ser que le salvaba la vida, también nosotros, prácticamente muertos en nuestras transgresiones y pecados, somos los responsables de la muerte de Cristo. Él dio su vida para que nosotros recobráramos la salud espiritual y tuviéramos vida abundante y eterna.
¿Cómo podemos pagarle ese gran amor? Simplemente reconociendo, con suma gratitud, el supremo sacrificio que hizo por nosotros, y apropiándonos de la salvación que compró con su sangre, esa sangre que manó de su costado a causa de la herida mortal que nosotros le hicimos.
www.conciencia.net
por Carlos Rey
Ocurrió en las nevadas cumbres de los Alpes. Un esquiador, tras una aparatosa caída, había quedado inconsciente en una hondonada llena de nieve. Su muerte era inminente, ya que estaba congelándose poco a poco. En ese estado lo encontró un gran perro San Bernardo, uno de esos animales adiestrados para rescatar a personas perdidas.
El perro vio el cuerpo inerte y, a fin de que le diera el sol, escarbó la nieve hasta descubrir por completo al hombre. Luego se echó a su lado, haciendo que el calor de su cuerpo fuera descongelando a la víctima. Así pasaron un par de horas. Cuando volvió en sí, el hombre abrió los ojos y procuró formarse un juicio sobre la gravedad de su condición. Creyendo que el perro que tenía a su lado era un lobo, sacó el cuchillo y lo hundió en el costado del noble animal.
Con gran esfuerzo, el perro se levantó y echó a andar hacia su refugio. Cuando llegó al albergue donde estaban sus dueños, a duras penas rasguñó la puerta con las patas antes de morir tendido en la nieve. Al hombre, que lo había matado por ignorancia, lo rescataron de una muerte segura. El fiel perro murió en el intento de devolverle la salud y la vida a aquel ingrato que no tenía conciencia de lo que pasaba.
Una noche, hace unos dos mil años, se oyó el llanto de un niño recién nacido. Ocurrió en el pueblo de Belén, que se encontraba en la Palestina gobernada por el Imperio Romano de aquella época. Ese niño, Dios hecho hombre, murió en una cruz treinta y tres años más tarde con una mortal herida en el costado. Dio su vida por la de aquellos que —ya fuera por descuidos, por errores, por faltas, por ingratitud o por necedad— estuvieran en peligro de muerte eterna.
Jesucristo, el Hijo de Dios, murió para que nosotros tengamos vida. Esa es la gran verdad del evangelio, la buena noticia de Jesucristo, el gran mensaje divino. Tal parece que toda vida nueva ha de nacer en medio del dolor y de la sangre. Así como aquel hombre que quedó inconsciente en la nieve de los Alpes mató, sin saberlo, al ser que le salvaba la vida, también nosotros, prácticamente muertos en nuestras transgresiones y pecados, somos los responsables de la muerte de Cristo. Él dio su vida para que nosotros recobráramos la salud espiritual y tuviéramos vida abundante y eterna.
¿Cómo podemos pagarle ese gran amor? Simplemente reconociendo, con suma gratitud, el supremo sacrificio que hizo por nosotros, y apropiándonos de la salvación que compró con su sangre, esa sangre que manó de su costado a causa de la herida mortal que nosotros le hicimos.
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