Dando a Dios su parte
“Tú eres digno, Señor y Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder”
Apocalipsis 4:11
Hay una tendencia entre los seguidores de todas las religiones, en imitar características de su dios. Seguidores del perverso Molech se pervirtieron terriblemente, cuando entregaron sus propios hijos para ser quemados en sacrificio. Seguidores de Baal, se prostituyeron al suplicar a su dios una tierra fértil.
Los discípulos de Cristo quieren parecerse a Cristo y hacer que la alabanza constante haga parte de su disciplina espiritual. La alabanza transforma nuestras vidas, nuestros corazones. Al alabar verdaderamente a Dios, salimos nosotros mismos del centro de todo. El romancista Walter Percy describió el tedio de una manera espectacular “el yo lleno del yo”. Muchos de nosotros estamos demasiados ocupados con nosotros mismos.
La alabanza nos lleva más allá de la atracción egocéntrica y nos lleva a aquel que merece toda la adoración. La alabanza expresa nuestro llamado más importante en la vida: comprender el quien es Dios. Algo poderoso acontece cuando alabamos. El espíritu de Cristo está unido a nuestro espíritu. Nuestros corazones se vuelven un santuario, el trono de Cristo. ¡Salimos de dentro de nosotros y nos dirigimos a Dios! De a poco, la alabanza nos va moldeando a imagen de nuestro Salvador.
Piensa
La alabanza nos lleva a la adoración y quita nuestro yo del centro.
Ora
Señor, perdona nuestra actitud irresponsable ante la alabanza. Que podamos encontrar nuestro lugar delante de tu trono y depositar nuestras coronas de discípulos a tus pies.En tu nombre. Amén.
domingo, 18 de enero de 2009
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